viernes, 15 de junio de 2012

Barrer para casa

Esta semana Gran Bretaña y sus dos enclaves estratégicos por excelencia, las islas Malvinas y el peñón de Gibraltar, se convierten en los grandes protagonistas de titulares nacionales e internacionales. Junto a ellos, España, Argentina y la falsa diplomacia.


Mientras la Marina Real Británica y la Guardia Civil Española intercambian insultos en aguas quién sabe de quién, mientras “juegan” a hundir la flota, tocando pero sin hundir, como si de una batalla naval se tratase, mientras los pescadores gaditanos reivindican su derecho a pescar en esas aguas, en las que siempre han desempeñado su labor, el ministro español de Asuntos Exteriores y Cooperación, José Manuel García-Margallo, y su homólogo británico, William Hague, se reunieron de forma amistosa y cordial el pasado mes de mayo para encontrar una postura consensuada respecto al conflicto.

Ambos animaron a las partes implicadas a “encontrar un acuerdo satisfactorio que permita a nuestros barcos faenar donde han faenado toda la vida”. Una vez más las dobles caras salen a la luz, pues Londres reclama la propiedad de esas aguas. Propiedad que España, por su parte, se niega a reconocer, argumentando que no está de tal modo establecido en Utrecht, tratado que estipula la cesión del peñón de Gibraltar a los británicos.

Pero esta vez los intereses políticos y económicos han ido mucho más lejos, hasta Nueva York, para ser exactos. En la ciudad estadounidense el Comité de Descolonización de la ONU acaba de comenzar un nuevo periodo de trabajo. Hoy, nuestros representantes políticos en asuntos exteriores se proponen insistir, por enésima vez, frente a dicho comité, en la obligación por parte del Reino Unido de negociar la soberanía de Gibraltar. Ayer, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner hacía lo mismo con las Malvinas. En este contexto cabría pensar que ambos países se han puesto de acuerdo para defender un conflicto similar frente a un adversario común. Pero nada más lejos de la realidad. Ni se han puesto de acuerdo, ni se apoyan mutuamente, en gran medida, y de esto no cabe duda lo niegue quien lo niegue, por causa de la confiscación de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales llevada a cabo por el país latino. Y así, los intereses enterrados continúan saliendo a flote.

¿Quién tiene razón? ¿Alguno no la tiene? Es una cuestión de intereses y todas las posturas, bien argumentadas, tienen razón de ser. El máximo error de todos los implicados es no ser conscientes de ello, o no querer serlo. Es la política del “barrer para casa”. España y Argentina argumentan que se trata de territorio nacional y que no pueden dar por válido un referéndum, el de 2002 en el caso de Gibraltar, y el que habrá en 2013 en Malvinas, porque la población actual fue traída por los “invasores”. Y razón no les falta. Gran Bretaña, bajo el disfraz de defensora del derecho de autodeterminación de los pueblos protege sus intereses comerciales. Por último, hay que tener muy presente que tanto Gibraltar como Malvinas son dos de los territorios con el índice de criminalidad más cercano a cero y el nivel de ingresos por habitante más alto del mundo. No es de extrañar que, bajo estas circunstancias, ambos territorios manifiesten sin complejos su deseo y voluntad de continuar siendo territorios autónomos dependientes del Reino Unido.

¿Qué pasará en el futuro y cómo acabará esto? Quizás podamos mirar atrás y buscar respuestas en el caso de Hong Kong, el más parecido. Puede que, al igual que sucedió con la última colonia británica, se acabe llegando a algún extraño acuerdo que devuelva la soberanía a sus “propietarios”. ¡Eso sí!, con condiciones hasta el año 3.000. Claro que esto es sólo una suposición. Al fin y al cabo, el caso chino fue en el siglo pasado y los intereses británicos iban en otra dirección. Nada está escrito y nada se sabe, pero probablemente si en 1984 se hubiese llevado a cabo un referéndum en la antigua colonia británica de Hong Kong, también sus habitantes habrían manifestado su deseo de no ser devueltos a China. No olvidemos que el territorio gozaba de una renta per cápita de 5000 dólares, frente a la de 300 dólares del resto del gran país asiático.

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