lunes, 19 de mayo de 2008

La hipocresía resulta vergonzosa

El terremoto que se produjo el pasado lunes en China no deja de desolarnos. Las ayudas procedentes del exterior aumentan, pero van despacio debido a los problemas que tienen para acceder al país, y no parecen ser suficiente. De momento ya son más de 20.000 los muertos y se cree que con el paso de los días la cifra podría elevarse hasta alcanzar los 50.000.

Como si no fuera suficiente con la situación socio-política en la que se encuentra China ahora un terremoto viene a rematar la tragedia dejando tras de sí cientos de víctimas, cientos de inocentes...
Parece ser que hoy en día da igual que la causa sea la corrupción política, los regímenes autoritarios o una cruel y maliciosa catástrofe natural, al final los que reciben la peor parte son siempre los mismos.
Los países desarrollados, todos ellos conocedores de la gran injusticia que sufre China, han permanecido cruzados de brazos porque el interés era más fuerte que la solidaridad, la compasión...todos ellos valores abstractos, al fin y al cabo. Hace no mucho pudimos comprobar esto ante la polémica desatada por la salida de la Llama Olímpica desde Pekín. De este modo, durante años se ha dado la espalda a la terrible situación que se vive en el país más poblado del mundo –China-, y especialmente al Tíbet, porque el bolsillo así lo requería. Y ahora, ante una catástrofe natural les ofrecemos las dos manos casi sin pensarlo.
Por supuesto que nuestra ayuda es necesaria. No hay duda de que se está haciendo lo correcto, pero llegamos demasiado tarde. Muestra de ello es que muchos de los edificios que se han derrumbado eran escuelas y hospitales, todos ellos construidos probablemente sobre una base poco sólida y con bajos presupuestos para poder mejorar las condiciones de vida de unos pocos, los dirigentes. La hipocresía resulta vergonzosa.

Nuestra hipocresía, la de España y demás países desarrollados, reside precisamente en considerar víctimas a los miles de muertos, a los que aún se encuentran entre los escombros, vivos o no, y a los demás afectados por el terremoto, y no haber considerado víctimas a todas aquellas personas que viven en un régimen militar autoritario sin ningún tipo de libertad ni derecho desde hace años.En definitiva, no hay duda de la necesidad de nuestra intervención, al igual que no hay duda de que habría que haber intervenido cuando las víctimas aún no eran mortales. Ahora, de un modo u otro, directa o indirectamente, nuestros errores del pasado están pasando factura, y como siempre, la pagan los que menos lo merecen.